Santo Domingo, RD.— La historia dominicana tiene episodios en los que una tragedia natural termina transformándose también en un acontecimiento político. Eso ocurrió con el huracán San Zenón, que el 3 de septiembre de 1930 golpeó con extraordinaria fuerza a Santo Domingo y dejó una ciudad prácticamente en ruinas. El fenómeno ocurrió apenas 18 días después de que Rafael Leónidas Trujillo asumiera la Presidencia de la República, el 16 de agosto de ese año.
San Zenón alcanzó la capital como un huracán de categoría 4, con vientos estimados en alrededor de 240 kilómetros por hora. Su trayectoria atravesó directamente el centro de Santo Domingo, una ciudad que entonces tenía aproximadamente 50,000 habitantes y donde abundaban las viviendas construidas de madera, tablas de palma y techadas de zinc, estructuras especialmente vulnerables ante la fuerza del ciclón.
La tragedia humana fue enorme. Las estimaciones históricas varían, pero se habla de más de 2,000 y hasta unos 4,000 fallecidos, además de alrededor de 15,000 a 20,000 heridos. Algunos registros elevan todavía más el número de víctimas. La destrucción alcanzó viviendas, comercios, hospitales, calles y redes de comunicación. El servicio eléctrico y las líneas telefónicas quedaron interrumpidos, mientras numerosos barrios de la capital fueron reducidos a escombros.
Uno de los aspectos que agravó la tragedia fue la falta de conocimiento sobre el comportamiento de los huracanes. Cuando llegó el ojo del ciclón, se produjo un período de aparente calma. Muchas personas interpretaron que lo peor había pasado y salieron de sus refugios para observar los daños o auxiliar a otras personas. Sin embargo, todavía faltaba la segunda parte del fenómeno: el regreso de los vientos con fuerza devastadora.
Una capital entre cadáveres y escombros
Al amanecer, Santo Domingo era irreconocible. Las calles estaban cubiertas de materiales de construcción, árboles y restos de viviendas. Los hospitales se encontraban desbordados y la cantidad de cadáveres superaba la capacidad de las autoridades para identificarlos y sepultarlos. La magnitud del desastre convirtió la emergencia sanitaria en uno de los principales desafíos de las autoridades.
La destrucción también afectó a los medios de comunicación. La planta de La Opinión quedó destruida y varios de sus trabajadores murieron. Las comunicaciones con el exterior permitieron posteriormente que se conociera la dimensión de la catástrofe y que comenzara a llegar ayuda internacional, incluida asistencia de la Cruz Roja estadounidense.
Pero mientras la ciudad intentaba levantarse de los escombros, comenzaba a producirse otro fenómeno, esta vez político.
San Zenón y el nacimiento de la imagen del “hombre fuerte”
Trujillo tenía apenas poco más de dos semanas en la Presidencia cuando recibió el desafío de gobernar una nación golpeada por una catástrofe de proporciones extraordinarias. Su respuesta fue colocarse al frente de las labores de emergencia y movilizar al Ejército para auxiliar a la población y restablecer el orden.
El 4 de septiembre, un día después del desastre, el Congreso otorgó al mandatario facultades extraordinarias para enfrentar la situación y emprender la recuperación. En medio del caos, Trujillo comenzó a proyectarse como la figura capaz de imponer disciplina, distribuir ayuda y dirigir la reconstrucción.
Y allí radica uno de los aspectos más controversiales de San Zenón: la tragedia se convirtió también en una oportunidad política para el nuevo gobernante.
La reconstrucción de Santo Domingo permitió a Trujillo presentarse ante una población golpeada como el dirigente que podía devolverle el orden y levantar nuevamente la ciudad. Historiadores y publicaciones dominicanas han señalado que esa gestión contribuyó a fortalecer su imagen pública y a consolidar su poder durante los primeros meses de su gobierno.
Reconstruir la ciudad, fortalecer el régimen
La reconstrucción no significó solamente levantar casas y reparar calles. Para Trujillo representó también la posibilidad de ejercer un control mucho mayor sobre la vida nacional.
El Estado asumió un papel central en las labores de recuperación, mientras el régimen utilizaba la disciplina, el orden y el trabajo como elementos de su discurso político. La catástrofe, en ese sentido, permitió al nuevo gobierno demostrar capacidad de acción en un momento en que las instituciones se encontraban debilitadas por la emergencia.
Además, la reconstrucción de Santo Domingo contribuyó a transformar físicamente la capital. El desastre abrió paso a nuevas obras y a una reorganización urbana que posteriormente sería utilizada por la propaganda trujillista para presentar al régimen como impulsor del progreso y la modernización.
Así, San Zenón tuvo una doble consecuencia histórica: por un lado, dejó una de las mayores tragedias humanas provocadas por un fenómeno natural en la República Dominicana; por otro, proporcionó a Trujillo una coyuntura excepcional para proyectarse como conductor de la recuperación nacional y fortalecer el poder que terminaría convirtiéndose en una dictadura de más de tres décadas.
Noventa y seis años después, el nombre de San Zenón permanece asociado no solamente a la furia de la naturaleza, sino también a una pregunta histórica difícil de separar de sus consecuencias: ¿cómo una tragedia que dejó miles de muertos terminó convirtiéndose en una de las primeras grandes plataformas de consolidación del régimen de Trujillo?
San Zenón derribó casas, árboles, edificios y vidas. Pero, entre los escombros de aquella Santo Domingo de 1930, también comenzó a levantarse la maquinaria política de uno de los períodos más oscuros de la historia dominicana.